Ha cambiado completamente. Al fin lo consiguió. Estuvo meses transformándose, creándose de nuevo a si mismo. No queda nada de lo que era. El proceso de metamorfosis fue duro, porque supuso crear una nueva vida del día a la mañana. Pero ese día se levantó de la cama contento como nunca lo había estado a horas tan tempranas y afrontó su primer día feliz de poder ofrecer una imagen depurada de sí mismo.
Como si acabase de salir del incómodo tarro de cristal en el que habitó durante meses, sentía los músculos entumecidos y sus movimientos eran tan torpes que apenas acertaba a ponerse las gafas. Debía tener cuidado, pues algunas cicactrices de la operación de la cara aún no se habían cerrado del todo, pero era dueño absoluto de sus movimientos, al contrario de lo que le predijo el doctor antes de la metamorfosis. "Será de las ganas que tenía de ser yo mismo", se dijo. Todo lo que había hecho antes lo había hecho mal, pero de eso ahora ni se acordaba. Durmió en la misma cama en la que se propuso dormir el resto de sus días, desayunó temprano viendo en la tele un programa que no sabía ni que existía, y tras la ducha se puso por primera vez en su vida un albornoz. Comezó utlizar su nuevo móvil. El primer contacto que introdujo en la agenda fue él mismo, a quien denominó "yo", y le llamó para asegurarse de que comunicaba. "No hay otro yo", pensó, "sólo yo". Por fin salió a la calle, bien pertrechado con gabardina, bufanda y gorro, que además de abrigarle contra las frías corrientes que se arremolinaban en su calle en invierno le servían para no desvelar su nueva identidad. Cuando dobló la esquina de la calle Ancha, sintió un rayo de sol que caía violentamente sobre su nariz. Sintió su calor como si le estuvieran apuntando con una lupa gigante desde arriba, y asustado, se quedó sin respiración, completamente paralizado. Cayó al suelo y quedó tendido sobre la acera recibiendo toda la luz del Lorenzo. Y al sentir el calor direntamente en su piel, solo quiso volver a ser incinerado.
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